
En el capítulo III, Alfredo Rodríguez aborda, desde una mirada antropológica, la posición de la sociología con respecto a los tipos sociales que catalogan a la familia como un microgrupo social y abren la puerta al planteamiento de los diversos modelos de familia, como los clanes. “La cuestión no es defender o afirmar la familia tradicional como preferible, mejor o más verdadera, sino mostrar que la familia originaria no se redice a un tipo social, sea éste cuál sea”.
En el capítulo IV, Aurora Bernal revisa el valor educativo que subyace en las relaciones personales entre los miembros de la familia. Desarrolla ampliamente la idea de la familia como “una realidad antropológica – relacional – exigida por la constitución del ser humano – también ser relacional-”. Plantea la repercusión en los miembros de la familia de la posición desde la cual dialogan pues no todas tienen la misma posibilidad educativa, es decir, algunas fomentan más que otras lo personal. “Las relaciones que se establecen por maternidad, paternidad, filiación y fraternidad humanizan y personalizan”. El último apartado da nombre al libro y afirma que de las relaciones familiares se desprende la esencia de la educación; la familia no es entonces una instancia neutra respecto a la formación de las personas, es por sí misma una escuela de vida y “hace educación con la vida, con las relaciones entre sus miembros…, de cómo se establezcan esas relaciones… depende la educación”.En el capítulo V, Concepción Naval trata la confianza y el respeto como valores que nacen en el ámbito familiar. La familia es “germen de sociedad y de desarrollo de la sociabilidad natural”, donde se aprende a vivir las relaciones personales entre próximos, preparando a la persona para el encuentro con otros más lejanos, bajo la sombrilla del respeto y la confianza. A esta última dedica buena parte de su escrito argumentando las razones por las cuales se le considera como el elemento fundamental de las relaciones familiares, “es la vertiente relacional del amor humano… el semillero de los sentimientos de seguridad”, que se manifiesta en el respeto, “genuina disposición social que lleva a dejar ser a cada uno lo que puede llegar a ser”.
En el último capítulo, Gerardo Castillo explica la educación de la libertad y de la afectividad en las diversas etapas de crecimiento de la persona. Indica que en el seno familiar crece y se consolida la libertad personal a través del fomento de las conductas libres, es decir, de las actitudes que le permiten a la persona perfeccionar su capacidad de dirigir su propia vida; del mismo modo, presenta la relación existente entre el grado de madurez y el dominio de los afectos que permite armonizar la razón y el corazón, especialmente en momentos difíciles.
Los autores dejan la puerta abierta al diálogo y la investigación sobre un tema clásico y contemporáneo: la familia, discutiendo sobre las bondades que deja en la sociedad y en la institución educativa el desarrollo de núcleos familiares que promuevan la convivencia entre sus miembros y la convierta en el lugar “donde se aprende a conducir la propia libertad, se aprende a ser quien se es y se aprende a hacer de la sociedad comunidad
No hay comentarios:
Publicar un comentario